jueves, 25 de junio de 2009

El San Juan de mi pueblo











Como todos los años, por enseñanza y tradición de la familia, a través de la organización civil “La Parranda del Pueblo” los tereseños disfrutan de esta fiesta tradicional y popular.
En esta oportunidad acompañamos la jornada para dejar impreso cómo se hace “el San Juan”.
Todo comienza con la vestimenta del santo, un día antes de las celebraciones.
Esta vez lo hicieron en el barrio San José (El Rincón), pero como siempre con tela satinada, en su mayoría de color rojo con un pequeño pedazo de color verde, que sirve de túnica, un cordel blanco, y colocación de flores a su alrededor en el pequeño banco que sirve de altar, forrado también con tela roja donde también va fijado la pequeña imagen del niño Jesús, única imagen que acompaña al santo.
Al terminar la vestimenta salen en caminata por las calles de la ciudad, rumbo a la iglesia del pueblo donde lo “guardan” para esperar el inicio de la Misa. Toda esta actividad se realiza a ritmo de tambores Mina, Curbata y Culoe'puya a cargo de los promeseros que tocan fuera del recinto en compañía de fieles devotos, impregnados de alegría y alborozo, luego de unos cuantos “guamazos”. Así se pasa la noche…tocando tambor.
Al despertar la aurora lanzan fuegos artificiales para anunciar la llegada del Día de San Juan, mientras se desplazan a la iglesia. La misa transcurre con alegorías y liturgias referidas a la vida del santo y su estrecha relación con la virgen María y el niño Jesús.
La salida de la iglesia es toda una ceremonia popular. Apenas salen de las puertas del templo, promeseros, cantaores y voluntarios se acercan, unos a cantar otros a ver. Las damas promeseras van ataviadas de blanco con una pañoleta roja, bien ceñida a la cintura, otras la usan bordeando el cuello o envolviendo la frente; mientras que los caballeros lucen ropa ligera con diversos colores, prevaleciendo el blanco y el rojo; algunos con sombrero.
Desde allí se emprende el camino por las calles de la ciudad, a visitar otros lugares donde también rinden culto a San Juan; los cantos improvisados, el repique de la mina y la algarabía incesante con loas al padre adoptivo de Jesús, se apropian del ambiénte por donde pasa la comparsa, o donde llega. Muchos piden le paren el santo frente a su casa o frente a su negocio, para, tal vez en silencio, pagar o hacer una promesa, dando voluntariamente, una donación a los promeseros y cantaores, bien sea en dinero o en especies. El recorrido es largo.
En las primeras horas de la tarde, luego de mucho baile, canto y tambor, bañado con aguas aromáticas, el santo va llegando al sitio premeditado para la concentración. Comienza la parranda. Jóvenes y adultos muestran sus cualidades en el dominio del baile, con movimientos eróticos e insinuantes, donde el hombre acosa a la mujer y ésta esquiva la arremetida. Salen voluntarios a cantar…y la parranda sigue. A lo lejos de la noche los tambores atenúan su ritmo, y será el cansancio o el agotamiento que van anunciando la despedida de la celebración. San Juan descansa… hasta encontrase con Pedro y Pablo. Otra parranda.
Rafael González

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